domingo, 8 de marzo de 2015

La monja y el cantante


La monja vivía enclaustrada; el cantante acababa de dejar de estarlo. El cantante escribía; la monja leía mucho.
Ambos se conocieron. El cantante le sonreía; la monja se sonrojaba. Él se enamoró, ella le tuvo lástima. El cantante le componía canciones; la monja rezaba por él.
Con el tiempo las sonrisas se convirtieron en palabras, en conversaciones, en sentimientos. Para él era una experiencia nueva. Para ella una confusión tremenda.
Fueron amigos; fueron amantes. Probaron de lo prohibido juntos, se condenaron al mismo tiempo.
La monja pensaba en él; el cantante la buscaba. La monja escribía cartas; el cantante las convertía en canciones.
El cantante se fue de viaje; la monja prometió esperarlo. El cantante le escribía una carta todos los días; la monja lo llamaba todas las noches.
El cantante regreso de viaje; la monja recibió todas las cartas. La monja estaba enamorada; el cantante había dejado atrás su pasado y estaba dispuesto a estarlo.
La monja pasa un año con él; el cantante fue feliz a su lado. La monja tenía barreras; el cantante comenzó a derrumbarlas.
Pasaron muchas cosas juntos. Cosas felices, cosas tristes. La monja discutía con la madre; el cantante perdió al padre. La iglesia los condenó; la cotidiana misa corrompió sus almas.
La monja lo esperaba; a veces lo hacia él. La monja lo acariciaba; él la miraba tiernamente. El tiempo había hecho su trabajo.
La iglesia cerró.
La monja estaba enamorada; el cantante comenzó a tenerle lastima. Ella le sonreía; el solo atinaba a sonrojarse.
Dejaron de ser amantes, volvieron a ser amigos.
El cantante escribió una última canción; ella lloro amargamente. El decidió colgar el teléfono; ella no podía aceptarlo.

La monja le escribió una carta. El cantante solo decidió rezar por ella y seguir cantando.