La monja y el cantante
La monja vivía enclaustrada;
el cantante acababa de dejar de estarlo. El cantante escribía; la monja leía
mucho.
Ambos se conocieron. El
cantante le sonreía; la monja se sonrojaba. Él se enamoró, ella le tuvo
lástima. El cantante le componía canciones; la monja rezaba por él.
Con el tiempo las sonrisas
se convirtieron en palabras, en conversaciones, en sentimientos. Para él era
una experiencia nueva. Para ella una confusión tremenda.
Fueron amigos; fueron
amantes. Probaron de lo prohibido juntos, se condenaron al mismo tiempo.
La monja pensaba en él; el
cantante la buscaba. La monja escribía cartas; el cantante las convertía en canciones.
El cantante se fue de viaje;
la monja prometió esperarlo. El cantante le escribía una carta todos los días;
la monja lo llamaba todas las noches.
El cantante regreso de
viaje; la monja recibió todas las cartas. La monja estaba enamorada; el
cantante había dejado atrás su pasado y estaba dispuesto a estarlo.
La monja pasa un año con él;
el cantante fue feliz a su lado. La monja tenía barreras; el cantante comenzó a
derrumbarlas.
Pasaron muchas cosas juntos.
Cosas felices, cosas tristes. La monja discutía con la madre; el cantante perdió
al padre. La iglesia los condenó; la cotidiana misa corrompió sus almas.
La monja lo esperaba; a
veces lo hacia él. La monja lo acariciaba; él la miraba tiernamente. El tiempo había
hecho su trabajo.
La iglesia cerró.
La monja estaba enamorada;
el cantante comenzó a tenerle lastima. Ella le sonreía; el solo atinaba a
sonrojarse.
Dejaron de ser amantes,
volvieron a ser amigos.
El cantante escribió una última
canción; ella lloro amargamente. El decidió colgar el teléfono; ella no podía aceptarlo.
La monja le escribió una
carta. El cantante solo decidió rezar por ella y seguir cantando.
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